• default color
  • blue color
  • orange color
  • green color
CPanel

Lideralia. Actividades de verano

  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Campo de trabajo en Juli

El lugar

Perú es un país de contrastes, con tres zonas claramente diferenciadas: la franja costera, la selva y la alta montaña. Juli pertenece a esta última y está situada a una altura media de 2500 m. La provincia toma su nombre de la capital.

La población, salvo en los escasos núcleos urbanos, vive dispersa en poblados perdidos en las montañas. Se dedican al ganado y al cultivo a pequeña escala. La Iglesia católica, además de su tarea de evangelización, realiza una extensa labor de promoción social. Nuestro grupo viajó a Perú con la idea de colaborar en las iniciativas que el Obispo de la Diócesis ha puesto en marcha.

Proyecto

Al tomar conocimiento de esta situación, los universitarios de los Colegios Mayores Moncloa y Santillana, decidimos tomar partido. Los contactos iniciales nos habían animado a dar un paso más. Pensamos que podíamos implicarnos personalmente en la ayuda y nos pusimos a trabajar y a buscar voluntarios. Finalmente, acudimos un grupo de 26 estudiantes universitarios.

Nuestro contacto local fue Cáritas Diocesana que demostró un gran conocimiento práctico de las necesidades de la población. Tenía también claros los medios adecuados para solventarlas, de modo que pudimos trabajar con aprovechamiento desde el primer momento. También facilitó la colaboración de nuestros voluntarios con los trabajadores locales.

Objetivos

El proyecto Perú 2008 contemplaba la realización de las siguientes tareas:

  • Construcción de una escuela para niños.
  • Impartir clases de alfabetización en la comunidad indígena (escolarización de 50 niños).
  • Visitas a las familias más necesitadas de la zona (más de 60 familias beneficiadas).

Testimonios

Hemos recogido algunos testimonios que ayudan a comprender la actividad realizada:

“Uno de los recuerdos más apreciados que me traje son las clases que dábamos a los niños. Al principio mostraban la clásica timidez y vergüenza ante aquellos maestros tan raros para ellos. Pero, al cabo de unos días, lo difícil era irse. El recuerdo que me queda es el agradecimiento de aquellos niños y, sobre todo, su sonrisa” (Carlos de Larriva, voluntario 2008).

“Aunque el resultado más visible del campo de trabajo fue la construcción de las aulas, los voluntarios contribuyeron sobre todo a disipar el clima de pesimismo dominante” (Lic. Ángela Pérez de Castro, trabajadora social de Cáritas Diocesana Juli).

La estancia

Nos alojámos en un caserón algo destartalado. Una de las características del clima que más nos sorprendió fueron los bruscos cambios de temperatura. Si bien durante el día la temperatura era fresca pero agradable -permitía trabajar en manga corta, por ejemplo-, durante la noche y a primera hora de la mañana bajaba casi a cero grados. Las comidas las hacíamos también en el caserón, combinando la cocina local con nuestros conocimientos culinarios. Por turnos y grupos, limpiábamos y recogíamos la casa.

El trabajo

Empezábamos a trabajar después del desayuno. El trabajo continuaba mientras duraba la luz, con una parada para comer. Nos dividimos en grupos de modo que todos participásemos en cada una de las tareas. Para la construcción fue clave la dirección y ánimo del arquitecto Ignacio Vicens. La tarea más exigente, por el grado de atención que implicaba no era la construcción material de la escuela, sino la formación de sus futuros inquilinos. Cerca de 60 niños y niñas de 5 a 12 años recibieron clases de matemáticas, lengua y religión. Después de cada clase, en el descanso, los voluntarios organizábamos juegos y deportes. Como a todos los niños, les encanta jugar. Aprovechábamos esos juegos para enseñarles virtudes sociales como el compañerismo o la colaboración en equipo. Era sencillo, pues su modo de vida les lleva a valorarlas especialmente. También recibieron clases de catecismo y de doctrina cristiana básica.

Pero la actividad más sorprendente por su impacto fue la visita a las familias de la zona. El objetivo era conocer su situación vital, tratar de llevarles algo de consuelo y hacerles pasar un rato agradable de compañía. En algunas ocasiones pudimos también prestarles favores que sirvieron para mejorar sus condiciones de vida: sobre todo, proporcionándoles comida y bebida y ayudando en la limpieza de sus casas.

Nos hemos dado cuenta de que la ayuda material es importante, pero no lo fundamental. Con el paso de los días comprobamos que nuestra mayor contribución eran las conversaciones con las familias y nuestros ánimos y ayuda para que se planteasen un futuro mejor. La clave está en erradicar el pesimismo generalizado. Descubríamos día tras día que realmente agradecían nuestra ayuda, a menudo con esfuerzos verdaderamente conmovedores.